lunes, 27 de junio de 2011

12

Creo que las ruedas se han detenido. Al menos no escucho el sonido metálico en mi cabeza y, lentamente, he dejado de jadear. Emulo la escena del baño en la oscuridad, llorando sin un motivo más que la presión pasada y la tensión que se va. Descomprimo el vapor en gotitas que salen de mis ojos y me miro en el espejo sin asco ni certeza.
Me sumerjo en esa trama que me gusta especialmente, y me extraña que no sea otra ficción. Es un ensayo especial; frío y analítico perfora la realidad circundante con un filo inusitado; puedo ver las ratas blancas que dan vueltas en el laberinto del museo, cuando tenía 12 años, o tal vez más. Me gusta pensar que el Rey era una de esas ratas, y que logró salir. Me concentro en el terror de lo irreversible para estrujar mi bata de seda y sentir el placer del blanco sobre la piel. Mientras vacilo acerca de la condición, me pregunto por sus colores pero conozco la respuesta tantas veces que pierde sentido. Lo veo a cuestas y corriendo de 12 años, y vuelvo a encontrarme en el museo de ratas blancas, sólo que ahora puedo verlo. Los vagones del tren están sellados, pero las ruedas están en movimiento. ¿Qué gotas tienen sentido?

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